Sí por la PAZ

Sí por la PAZ (11)

Sábado, 09 Junio 2018 10:59

Bajemos la paz a los territorios

 

Dolly Montoya, rectora de la Universidad Nacional, El Espectador 9 de junio de 2018

La violencia nos ha arrebatado cientos de posibilidades para lograr un país mejor, ha liquidado los sueños de miles de jóvenes, ha amedrentado y golpeado a nuestros campesinos, ha frenado nuestro desarrollo científico, cultural y humano. Por ello nos urge, sin titubeos, dejar la violencia en el pasado para construir la paz y concentrar nuestros esfuerzos en resolver los diversos problemas que acosan a nuestro país, a lo largo y ancho del territorio nacional. Para dejar atrás esa espiral de violencia se requiere que la paz comience por nosotros mismos, con nuestros actos cotidianos, y al mismo tiempo es necesario fomentar ambientes de respeto e innovación, que nos sirvan para formar ciudadanos integrales, que se respeten a sí mismos, respeten a los otros y al medio ambiente en espacios creativos y de responsabilidad.

 

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Bajemos la paz de los escritorios a los territorios. Quiero compartir con ustedes una experiencia en la que participó la Universidad Nacional y que representa muy bien lo que digo. Hace algunos años, investigadores del Instituto de Biotecnología (IBUN) participaron en una alianza con entidades estatales de nivel regional y algunas comunidades de la región Caribe para acompañar el proceso de producción de ñame de pobladores que querían mejorar sus productos y, al mismo tiempo, lograr mejores condiciones de vida. En un comienzo, los agricultores tenían desconfianza por experiencias previas en las cuales técnicos de otras instituciones no habían reconocido sus conocimientos tradicionales a la hora de sugerir nuevos procesos, por lo que habían desistido de ese acompañamiento. En este nuevo proceso, los investigadores del IBUN no sólo tuvieron en cuenta sus saberes, sino que además, trabajando hombro a hombro, lograron identificar otras necesidades de la comunidad y las posibles soluciones con el acompañamiento de la cooperación internacional, el Gobierno Nacional y el local. El trabajo fue tan fecundo durante 15 años que pasaron de ser 5.000 familias organizadas a 35.000, además de pasar de producir 28.322 a 365.395 toneladas de ñame al año, consolidando tres empresas de base tecnológica. Es decir, como resultado de esta apuesta se obtuvo una comunidad organizada, empoderada del conocimiento tecnológico, sostenible desde todos los puntos de vista y con un robusto tejido social.

Aunque es muy importante reflexionar sobre nuestra situación como nación, discutir sobre nuestras posibilidades para alcanzar una paz estable y duradera, estoy convencida de que la verdadera paz solo se logra cuando nuestros esfuerzos y el conocimiento que producimos sean parte efectiva de la calidad de vida de las comunidades que han carecido y siguen careciendo de oportunidades para su desarrollo autónomo y soberano.

La Universidad Nacional cuenta con las herramientas, la perspectiva ética y el andamiaje académico para formular estos caminos. La vocación de su proyecto cultural de nación de la Universidad Nacional es dinamizar y hacer realidad los espacios para la construcción de una Colombia justa, equitativa, motor de diálogo y deliberación. Debemos promover el perdón y la reconciliación mediante la formulación de nuevos caminos de paz con posturas de reconocimiento y respeto por el otro, abriendo nuevos espacios ciudadanos dentro de marcos de justicia y equidad. En los últimos años, la Universidad Nacional ha hecho una incursión más profunda en la construcción de la paz, trabajando con comunidades de todo el país.

En la actualidad son 3.048 los profesores de la Universidad y 913 los grupos de investigación, junto con estrategias como el Programa Especial de Admisión y Movilidad Académica (Peama) y PAES, con los cuales, desde su vocación, puede Colombia contar para consolidar la paz.

Como punta de lanza, la Universidad cuenta con 14 centros de pensamiento, de los cuales cinco tienen como nicho, mediante su labor académica, contribuir a la paz y formar nuevas ciudadanías. Entre ellos se encuentra el Centro de Pensamiento y Seguimiento a los Diálogos de Paz, que en cabeza del profesor Alejo Vargas tuvo una labor importante durante las negociaciones de paz con las Farc, organizando junto con las Naciones Unidas foros claves para escuchar los reclamos de las víctimas, participando en la realización del censo de los miembros de las Farc y contribuyendo con análisis fundamentales para la comprensión de las dinámicas del conflicto. Entre las herramientas de la Universidad también se destacan los centros de pensamiento de las Artes, el Patrimonio Cultural y el Acuerdo Social, en Comunicación y Ciudadanía, en Desarrollo Rural, y el Centro Nicanor Restrepo Santamaría para la Reconstrucción Civil, entre otros. Además, la Universidad lidera la red de cooperación académica del Instituto Colombo-Alemán para la Paz (Capaz), sin contar los cientos de cursos de educación continuada que día a día se imparten en la institución sobre temas relacionados y los cerca de 200 proyectos de extensión solidaria que impactan positivamente en el bienestar y el desarrollo de las comunidades en nuestros territorios. Esta gran variedad de aportes y esfuerzos desde la Universidad será articulada y potencializada para que con absoluta seguridad llegue a las comunidades mediante la “Red de cultura, ciencia, tecnología e innovación para la paz de la Universidad Nacional de Colombia”.

Debo resaltar que, así como nuestra comunidad académica ha sido orientadora en el estudio del conflicto que ha azotado al país, desde los primeros intentos científicos por abordar este fenómeno con el libro La violencia en Colombia, de los profesores del Departamento de Sociología Fals Borda y Umaña Luna, junto a monseñor Guzmán Campos, nuestros profesores siempre han sido pioneros en la búsqueda de la paz. Nuestra Universidad, como proyecto cultural, siempre velará, a través de sus nueve sedes, por el cuidado y el desarrollo educativo de toda la nación. Nunca debemos olvidar que somos agentes de cambio ético con sentido social.

La nación, con una comunidad académica consciente de las transformaciones y retos que precisa la sociedad actual, puede enfrentar los desafíos universitarios, ciudadanos, la paz y la convivencia y, por supuesto, los medioambientales de gran impacto, como la conservación de sus recursos, el calentamiento global, entre muchos otros.

Sueño con un país que encabece las listas de naciones que más aportan al conocimiento para la prevención y cura de enfermedades, en el aseguramiento alimentario de las poblaciones, en una cultura de paz y convivencia a través del arte, las ciencias y las humanidades, un país donde a partir del conocimiento y la fortaleza de su educación se permita que los colombianos podamos ejercer nuestras capacidades para vivir en comunidad, con prosperidad y bienestar.

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Todd Howland

Representante en Colombia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos

 

El Acuerdo de Paz firmado entre el Gobierno de Colombia y las Farc además de ser innovador tiene un gran potencial. Los elogios son bien merecidos. Pero los elogios sobre la calidad del acuerdo no deben ser confundidos con un proceso de paz exitoso. Como lo dijo Madame Blavatsky: la alabanza lleva al autoengaño. 

A pesar de todos los elogios internacionales, incluyendo los de las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad, Colombia no debe confundir los importantes acontecimientos positivos y actuar como si el proceso de paz fuera ya un éxito. 

En el mundo hay más fracasos que éxitos en la implementación de los acuerdos de paz. Colombia no está lista para el próximo paso en el proceso: la reincorporación de exmiembros de las Farc. El pronóstico actual sobre la seguridad de los exmiembros de las Farc es de alto riesgo.

Mientras que el acuerdo está bien conceptualizado, el calendario real de implementación está lejos de ser coherente. Aspectos del proceso de paz, como la salida de las Farc de sus zonas de influencia empezaron antes de que haya tenido algún impacto en terreno la inclusión política y económica de quienes viven en áreas afectadas por el conflicto y la transformación de las economías ilícitas que sostuvieron a las Farc.

El problema, aunque este haya sido previsto en el Acuerdo de Paz, es que otros grupos ilegales están intentando consolidarse en estas áreas que ya no están bajo la influencia de las Farc y donde el Estado aún es débil. Estos grupos ilegales ofrecen trabajo, mientras que el programa de reincorporación sigue sin definición ya que las partes no han logrado ir mucho más allá de un acuerdo marco. La mayoría de los exmiembros de las Farc no tienen ni idea de lo que van a hacer en los próximos meses.

Homicidios de defensores

El incremento de los homicidios de los defensores de derechos humanos en 2017 es una buena forma de medir las amenazas que enfrentarán los exintegrantes de las Farc. Cerca del 70 por ciento de estos homicidios están concentrados en zonas que antes estaban bajo influencia de las Farc y donde hay economías ilegales (ej. coca y minería de oro); además en estas zonas los índices de pobreza son muy altos. Un líder en estos lugares, por muchas razones, está en peligro.

Si los exmiembros de las Farc regresan a estas áreas antes de la transformación económica, incluso si están ocupados cultivando yuca, están en riesgo. Pueden ser asesinados por razones políticas, por apoyar el proceso de paz, por ser una amenaza para el dominio de los nuevos grupos ilegales en la zona, por venganza, por saber quiénes son los disidentes, por saber quiénes son los narcotraficantes y los empresarios vinculados a la economía ilegal y por saber quiénes de las fuerzas armadas y el sector político colaboraron con las Farc para facilitar sus negocios ilegales.

Ya estamos viendo esto. 20 personas entre desmovilizados de las Farc (9) y sus familiares (11) han sido asesinados en los últimos meses. Este número no incluye la milicia o redes de apoyo que también han sido asesinados, pero que no entraron en el proceso formal de desmovilización.

Reincorporación

Si bien Colombia tiene uno de los programas de reincorporación más exitosos en el mundo, este principalmente se concentra en lo urbano e individual. Lo anterior tiene sentido ya que la economía es robusta y se crean puestos de trabajo en las ciudades colombianas. Pero los miembros de las Farc, en su mayoría, provienen de la Colombia rural y realmente tienen interés en vivir allí y desmovilizarse de manera colectiva.

Uno de los principales retos que enfrenta Colombia en este momento es que a gran parte de la población no le preocupa lo que les suceda a los exmiembros de las Farc. Para ellos, el proceso de desmovilización no tiene ningún impacto en sus vidas y en su realidad. Esto no es necesariamente cierto.

Una reincorporación fallida podría generar violencia y socavar el crecimiento económico y una reincorporación exitosa podría minimizar la violencia y estimular el crecimiento; todo esto es demasiado lejano para que le importe a la mayoría de la población. Muchos creen que cualquier inversión en este proceso recompensa la conducta criminal y penaliza a los ciudadanos respetuosos de la ley, sin considerar que problemas en la reincorporación, inevitablemente condenarán a los que viven en las zonas de conflicto a la continua marginación y violencia. Otros incluso piensan que si hay homicidios de exintegrantes de las Farc, ellos posiblemente se lo merecían, ignorando la obligación legal que tiene el Estado de proteger a estos nuevos civiles.

Paz sostenible

 

He vivido y trabajado en Colombia por más de cinco años. Colombia es un lugar muy interesante para trabajar, especialmente para alguien que es responsable de impulsar cambios positivos en los derechos humanos. Siempre he pensado que la gran capacidad humana y financiera de Colombia y la voluntad de innovar, superarán la fuerte resistencia que hay al cambio y el predominio del poder político sobre los derechos humanos. Pero inclinar este equilibrio en favor de los derechos es a menudo muy difícil.

Uno de los desafíos que enfrenta Colombia es el relativismo internacional. Por supuesto que el proceso de paz en Colombia funcionará mucho mejor que en Sudán del Sur, Afganistán o en la República Democrática del Congo, esos son Estados fallidos. Algunas veces, es difícil imaginar cómo las cosas pueden empeorar aún más en estos lugares. Colombia está lejos de ser un Estado fallido. Colombia debe medirse frente a su potencial para crear las transformaciones necesarias para una paz sostenible, aumentar el nivel de respeto a los derechos a la educación, la salud y ofrecer mayores oportunidades en las zonas afectadas por el conflicto.

Como lo dijo Robert F. Kennedy: “Solo aquellos que se atreven a fallar en grande pueden lograr algo grandioso”. Entre los premios, los elogios y los documentales uno puede perder de vista que la razón de este reconocimiento está en el potencial de los acuerdos para cambiar realidades y concretizar cambios medibles en el goce efectivo de derechos; no por haber ya logrado una acertada negociación.

El Acuerdo de Paz tiene muchos aspectos interrelacionados, como por ejemplo el desarrollo rural, la trasformación de las economías ilegales, el reconocimiento de responsabilidades y el trabajo de valor social, reparación para las víctimas y el empoderamiento político de las víctimas en áreas de conflicto. Si la reincorporación de las Farc no refuerza estos aspectos del acuerdo, la probabilidad de que muchos exmiembros de las Farc sean asesinados es alta.

Monitorear este fenómeno no es la solución ya que contar los homicidios de defensores de derechos humanos es algo relativo. Muchos de los actores que están asesinando a estos defensores no están buscando legitimidad y son indiferentes al Estado de derecho. Mientras que las violaciones de los derechos humanos deben motivar al Estado a actuar para proteger a los defensores y líderes sociales, parte de la causa es estructural, lo que requiere inversión y un cambio cultural. Algo difícil para todas las sociedades.

JEP y cambios estructurales

 
 

Aunque el Gobierno colombiano no tiene todo los fondos disponibles para implementar plenamente los acuerdos para crear la paz territorial, el Estado, sí podría tener algunos recursos para “dar el salto” y arrancar el proceso: los exmiembros de las Farc y los miembros de las Fuerzas Armadas que podrían estar bajo la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

La idea de la justicia transicional que se encuentra en los acuerdos de paz permitiría a aquellos que puedan estar sujetos a la JEP, iniciar trabajos de valor social que eventualmente pueden contribuir a reducir cualquier sanción impuesta. Entre las Farc y las Fuerzas Armadas hay unas 20.000 personas que potencialmente pueden contribuir al desarrollo rural, la transformación económica y la reparación de millones de víctimas.

Idealmente, se podrían establecer 150 nodos de desarrollo rural empezando por las zonas veredales, donde los exmiembros de las Farc, miembros de las Fuerzas Armadas y otras personas bajo la jurisdicción de la JEP que estén interesados en reconocer los crímenes cometidos y comenzar a trabajar en favor de los derechos de sus víctimas, como también voluntarios, instituciones académicas e iglesias, podrían comenzar a trabajar en la implementación los planes existentes con los recursos existentes.

Un ejemplo, la comunidad de Bojayá necesita desesperadamente acceder al mercado para ser parte de la economía moderna colombiana. El Comité de Víctimas de Bojayá indica que ellos viven a menos de 160 kilómetros de Medellín. Ellos han solicitado al Gobierno y a las Farc como parte de su proceso de reconciliación, que haya un medio de transporte para que sus productos lleguen al mercado en Medellín y comenzar a trabajar con iglesias y empresas para crear mercados sostenibles.

Este modelo puede ser utilizado en varios nodos, ya que la falta de acceso a mercados sostenibles es lo que lleva a la gente a las economías ilegales. Las Farc y las Fuerzas Armadas tienen gran experiencia en logística y pueden contribuir a una mejor inclusión económica de las zonas afectadas por el conflicto.

Cada uno de estos nodos de desarrollo debe incluir una modalidad en la cual exmiembros de las Farc y otros que quieren acceder a la JEP, pueden contribuir a mejorar, siguiendo las propuestas y las prioridades elaboradas por aquellas personas que viven en las regiones, acceso a la salud, educación, conectividad, recuperación y protección al medio ambiente, transformación de economías ilegales, y proyectos específicos para escuchar a las víctimas, reconocer crímenes cometidos y trabajar hacia la reconciliación.

Como de costumbre, esto está dentro del alcance de Colombia, pero en la actualidad no parece que Colombia alcance su potencial. La consolidación de nuevos grupos armados ilegales en áreas que fueron influenciadas por las Farc, sigue superando la implementación de los acuerdos, condenando a estas regiones a vivir en medio de la violencia y las economías ilegales. 

Cuando un paciente está en alto riesgo, hay muy poco tiempo para cambiar el resultado. Ahora es el momento para la innovación y tomar acción a partir de la gran capacidad que tiene Colombia.

*Representante en Colombia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

Rodrigo Uprimny, El Espectador 12 de febrero de 2017

 

En los últimos dos años, cada tres días en promedio, un líder social o defensor de derechos humanos fue asesinado. En 2015, CERAC contabilizó 105 asesinatos. En 2016 la cifra pudo ser más alta; algunos medios hablaron de 116 muertes. Y sólo desde la aprobación por el Congreso del acuerdo de paz han sido asesinados 17 líderes sociales.

Estas cifras son dolorosas pues detrás de cada muerte hay un drama humano profundo. Y son cifras preocupantes pues podríamos estar repitiendo un patrón, que puede ser resumido así: los esfuerzos por lograr la paz con las guerrillas o por realizar reformas democráticas, cuando son significativos, como sin lugar a dudas lo son el acuerdo con las Farc y las conversaciones con el Eln, se han acompañado de un incremento de amenazas y asesinatos contra líderes sociales, en general de izquierda.

Muchos estudios han evidenciado este patrón antidemocrático de la democracia colombiana, conforme al cual, las aperturas democráticas y los avances de nuevas fuerzas políticas, en general de izquierda, son violentamente cerrados por un aumento de la violencia contra los líderes sociales desplegada usualmente por grupos paramilitares. El ejemplo más dramático es sin lugar a dudas el genocidio contra la UP. Pero infortunadamente no es el único.

No es posible referenciar todos estos estudios, por lo cual cito solamente el trabajo más reciente de calidad que he leído sobre el tema: el análisis econométrico de Fergusson, Querubín, Ruiz y Vargas (La verdadera maldición del ganador) de los Andes, quienes con una rigurosa prueba estadística muestran que, entre 1997 y 2014, la elección de nuevas fuerzas de izquierda a nivel local produjo un incremento significativo de los ataques violentos paramilitares en esas zonas. Los autores concluyen que esto expresa “una reacción de facto de las élites políticas y económicas tradicionales, que buscan compensar el incremento en el poder político de jure de los grupos tradicionalmente marginados”.

Esta trágica historia no puede repetirse. Estos crímenes tienen que ser evitados no sólo por el dolor humano que provocan sino porque están en juego la suerte de la paz y la democracia. No podemos permitir que los avances de la paz y las reformas democráticas que deberían surgir de estos procesos sean bloqueados por el incremento de la violencia contra los líderes sociales. Obviamente corresponde al Estado la principal responsabilidad para prevenir y sancionar esos crímenes. Y por ello son inaceptables ciertas declaraciones de altos funcionarios estatales, como el ministro de Defensa o el fiscal general, que niegan la extensión y gravedad de estos crímenes. Pero este desafío nos interpela también a todos como ciudadanos. Debemos rechazar masiva y enfáticamente la violencia contra los líderes sociales, independientemente de si sus sensibilidades políticas son o no las mismas que las nuestras. Debemos construir un frente político y social vigoroso contra esos crímenes que, por usar el título del informe del grupo de memoria histórica sobre el conflicto armado colombiano, diga: ¡Basta Ya!

Jueves, 02 Febrero 2017 14:52

El muro de Colombia

 

"Muchos colombianos siguen empeñados en creer que su país no puede ser la buena noticia"

 

Javier La Fuente, El Pais de España, 31 enero de 2017

Si algo ha conseguido el proceso de paz es anestesiar a buena parte de Colombia. Después de cuatro años de negociaciones tan ininteligibles y complejas sobre el papel como necesarias en la práctica; de un Gobierno que no supo transmitir el ingente trabajo en el que se embarcaron; de la actitud soberbia, aún hoy, de muchos miembros de las FARC que sienten no haber roto un plato en su vida cuando lo que en realidad rompieron fueron vidas; de la arrogancia de un sector de la oposición que no apoyará el proceso hasta que venzan en las presidenciales de 2018 o queden tan apartados que su respaldo será intrascendente, da la impresión de que muchos colombianos, como dicen aquí, están mamados de la paz. Cansados.

Desde este fin de semana, más de 6.000 guerrilleros armados transitan hacia las zonas donde iniciarán el camino a la legalidad. Lo han hecho, casi literal, de la mano de la ONU y de las Fuerzas Armadas. De los mismos contra los que se han dado plomo durante más de 50 años. Nunca en todo ese tiempo guerrilleros y militares han estado tan cerca sin dispararse.

El reto era descomunal. Llegar el pasado julio, por ejemplo, desde Bogotá al campamento central del Bloque Sur, en la región del Putumayo, en la frontera con Ecuador, supuso tomar dos aviones, circular por una carretera de tierra una hora, cuatro horas en lancha, una en bote entre manglares y unos 40 minutos de caminata por trocha embarrada. Para hacer la mitad del camino inverso y movilizar a 365 guerrilleros, se necesitan casi tres días de traslado por 225 kilómetros de río en 24 lanchas y cinco más de carga; otros 220 kilómetros por tierra en 13 autobuses, cuatro camiones y una camioneta especial para enfermos y embarazadas.

De aquí en adelante se producirán bailes que no deberían darse, como si evitarlos en Colombia fuese sencillo; habrá reclamos de las FARC por unas casas que no llegan y a muchos colombianos -incluyendo funcionarios del Gobierno- les costará entender que los guerrilleros también son personas. Falta el proceso de paz con el ELN y a los líderes sociales los matan como chinches esos que el Gobierno se niega a llamar paramilitares… por una cuestión del lenguaje. Todo eso empaña, no obstante, otra realidad: que en los cinco meses desde el cese al fuego no ha habido ni muertos ni heridos entre la población civil por el conflicto. El año pasado el país cerró con la cifra más baja de homicidios en 42 años.

Colombia no puede recibir más apoyo internacional del que ya tiene, más buenas palabras que ya casi empachan a los convencidos, se pierden entre la indiferencia de otros tantos y rebotan al topar con la intransigencia muchos. El mismo fin de semana que el mundo asistía con pavor a la política persecutoria de Donald Trump, muchos colombianos seguían empeñados en creer que su país no puede ser la buena noticia. Como si no hubiesen tenido décadas de portadas trágicas. En estos días de muros infames, bien harían en derribar de una vez el de la intransigencia y la indiferencia, el único que puede impedir que la paz siga avanzando.

 

Yesid Arteta, Semana, 15 diciembre 2016

El retrato no puede ser más elocuente: media docena de terneros enflaquecidos rebuscando algo de yerba entre el rastrojo. Las fotos fueron colgadas por varios voceros de las FARC en sus cuentas de twitter y corresponde a una las Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN), los lugares en los que, al día de hoy, deberían estar concentrados los destacamentos de la guerrilla hasta su desarme y tránsito a la vida civil. No hay nada. Todo indica que la implantación de los acuerdos de paz está afectada por la improvisación. 

Me consta que un destacamento guerrillero posee la destreza de levantar en unas cuantas horas un campamento rudimentario dotado de rancho, economato, aulas para actos y reuniones, lavaderos, barracas, baños y patio de formación. Colombia, un Estado que ocupa en el mundo el puesto 29º en razón a su PIB, no ha sido capaz de resolver un asunto elemental: construir 23 campamentos para alojar a los guerrilleros que, según el papel, en 6 meses dejarán de serlo. Esto nos da una idea de la suerte que tendrán los acuerdos en los territorios. Nombraré 13 asuntos que pueden ser verdades, mentiras o verdades a medias. 

1. Englobo el sesgado discurso del presidente Santos en Oslo en la siguiente frase: señores de las FARC, hasta aquí hemos llegado juntos. 

2. Fue un error no haber acordado un mandato robusto de Naciones Unidas para la fase de verificación del cese al fuego y la implementación de los acuerdos.

3. La improvisación y el incumplimiento de los acuerdos llevará a las FARC a una desmoralización y desmoronamiento gradual de su fuerza. Una potente fuerza que podría fragmentarse en muchos pedazos que, por inercia, se acoplarán a grupos criminales locales en posesión de territorios, lo cual se volvería un asunto grave para la seguridad nacional de Colombia. El caso de los 5 mandos separados de las filas de las FARC por decisión de la jefatura tiene mala pinta y hace pensar en lo peor. 

4. El establecimiento no tuvo, por mezquindad o falta de talento, la mirada estratégica de involucrar a las FARC como fuerza social empotrada al Estado en las zonas más expuestas a la violencia. 

5. Las FARC, guste o no, proporcionaban cierta coherencia en regiones con historias, economías y geografías complejas. Esas regiones están bajo riesgo desde que los frentes guerrilleros aglutinaron sus efectivos hacia las ZVTN. Los exguerrilleros que vuelvan a estos lugares van a encontrar un mundo en el que no hay coherencia y correrán el riesgo de morir asesinados no por lo que fueron sino por la violencia misma que predominará en esos territorios. 

6. Los asesinatos de ex guerrilleros y líderes sociales, como ocurre en El Salvador y Guatemala, no corresponderán a una estrategia planeada y organizada desde un centro único, sino a la ausencia de coherencia en las regiones en las que las FARC cumplían con eficacia labores de contención. 

7. La matanza no vendrá -como ocurrió con la UP- por cuenta de un planeamiento político estratégico y centralizado, sino de los agentes políticos y criminales involucrados a las economías ilícitas en cada región, las cuales representan rentas astronómicas. En Guatemala y El Salvador, repito por enésima vez, las zonas más seguras durante la guerra son hoy las más violentas y brutales. 

8. Las FARC podrían dejar milicias que llenen momentáneamente el vacío de seguridad en las regiones bajo su influencia, pero esa clase de estructuras se volverán en poco tiempo en grupos despolitizados que cruzaran la línea que los separa del crimen común. 

9. ¿Llegarán las Fuerzas Militares a las regiones como contrainsurgencia? Por el tamaño y la complejidad del territorio colombiano las Fuerzas Militares, si no toman como aliados y socios serios a la gente de las FARC y por el contrario las menosprecian, no podrán cubrir el mapa de la violencia del país. La pérdida de control territorial puede llevar a que miembros de las Fuerzas Armadas se articulen por rutina y conveniencia a un panorama de violencia local que no los toque, pero sí a millares de ciudadanos que constitucionalmente están obligados a proteger. Pueden volver los fantasmas que distorsionaron el papel de los militares y que llevaron a cientos a prisión. Sería un lamentable retroceso. 

10. ¿Qué papel van a tener las autoridades y las organizaciones locales en la implementación de los acuerdos? ¿Continuaremos con el puñetero centralismo que permite que un señor o una señora desde Bogotá dicte lo que hay que hacer en un remoto caserío de frontera? 

11. El simbolismo y la ternura que, estimularon la conciencia ciudadana en favor de la paz, no sirve para esta época de juego sucio y altísima concentración política. Desde el discurso de Santos en Oslo el movimiento por la paz depende de sí mismo, y sí sabe transformarse en una opción política que modifique el actual tablero parlamentario y consiga con la ayuda de la gente de Timo, llegar a los territorios, es decir, más allá de una izquierda metropolitana, mejor, bogotana como hasta ahora lo ha sido.

12. Puede que el desarme, el tránsito a la vida civil y las garantías a las FARC para que se organicen como partido político sean las únicas cosas que respalde el gobierno de Santos. Todo lo demás, es decir, la paz justa y duradera dependerá del mapa político que salga de las próximas elecciones. La indignación también cuenta. ¿Pero, quién o quiénes? 

13. Lo peor que le puede pasar a las FARC es que le metan un gol de camerino y las eliminen en la fase de grupos. Eliminarlas o reducirlas a una fuerza irrelevante que aderece la policroma y patética foto de la izquierda colombiana. Si no innovan nadie se acordará de ellas en unos años. Innovar caras, mensajes, ruedas de prensa, banderas, slogans, pronunciamientos, imagen, anuncios, publicidad, carteles, colores, relatos, en fin. Innovar sin perder la esencia. El reciclaje funciona bien para el medio ambiente, pero en la política a veces es perjudicial. Si no innovan terminaran perdiendo hasta la esencia. La conexión con la gente va más allá del mero hecho de portarse bien. 

 

"Los colombianos no saben nada de historia. Piensan en la historia por medio de lugares comunes, que las catástrofes son cortes en la historia que no permiten construir una narrativa de conjunto. Es fundamentalmente sobre el conflicto armado." Daniel Pecaut

La Red Líder: ¿Cuáles considera que son esas influencias que han determinado su estilo y motivaciones de liderazgo?

Daniel Pécaut: Por un lado, la experiencia de vida personal. A los 8 años me tocó vivir la Segunda Guerra Mundial y murieron personas muy cercanas. Esa es una experiencia e historia fundamental que me ha marcado. Por otro lado, en mi familia habían varios profesores de filosofía o interesados en el tema. Además, maestros que he tenido y que admiro mucho. De una u otra manera eso influyó en mí.

LRL: ¿Cuál es el origen regional de su familia?

DP: Mi familia es francesa. Somos de las pocas familias que desde 1850 vivimos en Paris. Lo que caracteriza a la familia es que todos son republicanos e interesados en la política. Participaron en el debate de 1870 sobre el establecimiento y fortalecimiento de la República de Francia. Mis abuelos participaron de la laicidad en Francia.

LRL: ¿Cuáles fueron sus primeros rasgos o insinuaciones de liderazgo?

DP: Desde siempre. Cuando estudié filosofía me especialicé en filosofía política. Siempre estuve por razones personales leyendo mucho sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial.

LRL: ¿Cómo llegó a estudiar los temas de Colombia?

DP: Por casualidad. Quería investigar sobre América Latina, pero el director de la investigación, Alain Touraine, decidió hacerla sobre Argentina, Chile y en un país desconocido y extraño. Me mandó como joven investigador a Colombia. Un país civilista que no tenía un golpe militar o régimen dictatorial como otros países de América Latina. Retomo la expresión de David Bushnell, ‘una nación a pesar de sí misma’. Hay dos cosas que me siguen fascinando. En primer lugar, cómo hace ese país para tener estabilidad institucional.

En segundo lugar, es un país que nunca ha podido tener una visión de su propia historia. De esto es lo que quiero escribir ahora. A todos los colombianos les encanta contar la historia de Colombia como la Guerra de los Mil Días, el asesinato de Uribe Uribe, el asesinato de Gaitán, la violencia, el conflicto armado y la catástrofe. Eso no tiene nada que ver con el país que alcancé a conocer en 1960 y el país de ahora.

LRL: ¿Cómo describiría la cultura de liderazgo del país?

DP: En este país lo fundamental es la negociación y la mermelada. Negociar con el Congreso y con las redes clientelares en el campo. Es un país en el cual el mayor talento político es el talento de negociar. El problema en Colombia es que cualquier hombre de estado pasa su tiempo negociando con unos y otros. Es un país de clientelas y está construido sobre la base de estas leyes.

LRL: ¿Cómo entiende un líder?

DP: Es saber manejar dos cosas al mismo tiempo. Tener una visión no del momento sino del porvenir. Los que tienen una visión realista son muy pocos en Colombia y en Francia.

Uno de los líderes que tuve el honor de conocer bastante es Nicanor Restrepo. Era un hombre sencillo, que no posaba de gran líder, pero era alguien que tenía una capacidad de influir en el mundo empresarial. Fui muy amigo de él porque hizo su tesis en Paris. Dejó su puesto como empresario y vino a Paris. Decidió llevar a cabo una tesis sobre la historia empresarial en Colombia. Me parecía una apuesta imposible, porque es un desafío muy grande que un hombre de negocios se ponga a escribir como estudiante una tesis. Me fue posible ver que era un hombre con liderazgo, de visión a corto, mediano y largo plazo y con una autoridad basada en la capacidad de convencer.

LRL: ¿A qué personas de la vida pública le reconoce liderazgo?

DP: Álvaro Uribe es alguien que ha tenido una capacidad de liderazgo que ha sabido hacer algo de populismo sin populismo. Sus consejos comunitarios pretendían acercarse a la gente pero sin ser populista porque no hacía ninguna reforma social importante. También fue el primero que alcanzó a generar un sentido de nacionalismo entre los colombianos cuando rompió relaciones diplomáticas con Venezuela. Por primera vez el 80 por ciento de los colombianos tuvieron a un enemigo exterior.

Lo último es que manejó un discurso ideológico contra las Farc y los terroristas que impactó mucho en la gente. Manejó la visión amigo – enemigo y utilizó fundamentos religiosos. Dejó de lado la idea de pensar en reformas sociales. El tema de reforma agraria se volvió un tema casi prohibido como si fuese un tema subversivo. No lo voy a comparar con Ordoñez porque Uribe es mucho más moderno que Ordóñez.

LRL: Y mirando hacia atrás, pensando en líderes colombianos ¿cuál le atrae?

DP: Los dos hombres que me parece que merecen el título de hombres de Estado son Carlos Lleras Restrepo y Virgilio Barco. Carlos Lleras Restrepo porque es un político del cual no se conocen todas sus iniciativas. Desde 1930 cuando era Secretario de Agricultura de Cundinamarca ya estaba peleando por una reforma agraria. Además, fue el organizador del Estado en los años 40 con el gobierno de Eduardo Santos. Durante su gobierno como presidente fue quien construyó la tecnocracia de Colombia. No hay que olvidar que también intentó promover una reforma agraria por medio de ANUC. Él fracasó porque tuvo muchos enemigos entre conservadores, terratenientes, anarquistas que lo veían como un pequeño dictador. Lo conocí de cerca cuando estuve en Colombia.

Virgilio Barco porque le tocó el peor momento de Colombia. La gente no recuerda el terrorismo de esa época. Ahora cuando la gente habla de conflicto armado, se olvida de la década de los 80 hasta el 93. A pesar de que tenía muchos problemas de salud, buscó salvar lo que se podía de las instituciones en lugar imponer un gobierno dictatorial. La salida la encontró a través de César Gaviria y Galán. Una salida democrática y de lucidez por medio de la constituyente.

LRL: Dentro de 20 años unos historiadores deciden estudiar este momento de la vida del país, a través de cinco líderes emblemáticos. ¿Qué cinco líderes escogería usted para estudiar?

DP: Juan Manuel Santos tuvo un papel muy importante, así como los dos negociadores de La Habana, Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo. Los dos negociadores tuvieron un talento más o menos excepcional. Habría que tener en cuenta quiénes armaron protesta contra el Acuerdo y como consiguieron el apoyo en amplios sectores de la población.

Falta estudiar de manera más general qué pasó. Cómo después de tantos desaparecidos, muertos, masacres y sufrimientos reapareció un sentimiento conservador que viene de mucho tiempo atrás. El mismo fondo que estaba cuando la primera violencia en los años de Laureano Gómez y que reaparece con un señor como Ordóñez. Por eso es tan ilustrativo que Uribe hablé de resistencia civil, cuando esa era la palabra que se manejaba en los años de La Violencia.

Viernes, 30 Septiembre 2016 08:38

NO vote contra SÍ mismo

Tomado de: El Tiempo, 27 de septiembre de 2016

"Si usted no ha decidido su voto, todavía está a tiempo de hacerlo en el sentido histórico correcto." por: José Fernando Flórez Ruiz

Las últimas encuestas sobre el plebiscito pronostican un triunfo holgado del ‘Sí’, inédito en la historia reciente de Colombia, que se ha caracterizado por márgenes estrechos de diferencia entre las alternativas electorales propuestas. Sin embargo, cabe preguntarse por qué cuando se les pregunta a los colombianos si quieren disminuir significativamente los niveles violencia en el país, todavía existe gente que dice ‘No’, es decir, personas que votarán contra sí mismas.

A nadie le conviene que continúe la guerra en Colombia: en términos políticos, económicos, pero especialmente humanitarios, solo representa pérdidas para sus protagonistas. Sin embargo, el fenómeno de las ‘pseudoidentidades políticas’ ilustra lo vacía de contenido que puede llegar a estar la democracia, como consecuencia de la irracionalidad tanto de la militancia partidista como del sentido del sufragio. Las ‘pseudoidentidades políticas’ son fabricadas por los partidos y otras organizaciones como las religiones, los movimientos populistas, los nacionalismos o los personalismos mesiánicos, y se caracterizan por inducir a las personas a actuar en contra de las necesidades e intereses más obvios que expresarían si fueran dejadas a su suerte.

Millones de personas votan en el mundo por candidatos u opciones electorales que representan intereses contrapuestos a los que les convendrían por su condición social: homosexuales que apoyan partidos conservadores o de ascendiente religioso que los discriminan, mujeres que sufragan por grupos políticos machistas, trabajadores en condición de precariedad social con ideologías de derecha, clases medias que impulsan plataformas políticas de desmonte del Estado de bienestar, o colombianos que apoyan la continuación de la guerra, entre otras incongruencias, son tendencias electorales presentes en casi todas las democracias.

El caso más reciente de “tiro electoral masivo en el pie” fue el brexit, una consulta popular en la que la mayoría de los británicos apoyaron la salida del Reino Unido de la Unión Europea, obviando el debate sobre el cataclismo económico que generaría. Es inolvidable el titular en The Washington Post al día siguiente: ‘Los británicos están buscando frenéticamente en Google qué es la Unión Europea, horas después de votar dejarla’. Azuzados por sentimientos xenofóbicos, muchos ingleses terminaron votando emocionalmente contra sus propios intereses: en varias regiones del país, la mayoría votó por dejar la UE no obstante ser beneficiaria directa de sus subsidios y tener un bajo número de inmigrantes. Otro dato terrible pero esclarecedor es la baja escolaridad de los electores que votaron a favor de la salida: entre las personas con bachillerato, el apoyo fue del 66 por ciento, mientras entre quienes tienen título universitario fue de apenas el 29 por ciento.

La ignorancia también explica el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos. El hallazgo sociodemográfico más revelador sobre los votantes que lo apoyan es que la mayoría son blancos con ingreso alto pero baja educación, que viven en lugares donde la población de inmigrantes es insignificante. Esto indica que quienes más temen a la diferencia son los votantes desinformados, aquellos que no conocen de primera mano la riqueza que representa para cualquier país una población diversa. En otras palabras, la ignorancia es el principal combustible del voto contra sí mismo.

Algo similar ocurrirá en el plebiscito por la paz. La minoría que aún promueve el delirante ‘No’ está conformada sobre todo por belicistas de sillón. Gente que no ha vivido en persona los horrores de la guerra, nunca ha empuñado un arma en combate (empezando por el expresidente Álvaro Uribe y sus alfiles del Centro Democrático) y por ende se da el lujo de cometer la irresponsabilidad de patrocinar más violencia a costa de vidas ajenas. Incluso las víctimas de las Farc han venido entendiendo que el dilema real que se les plantea en las urnas no es entre paz e impunidad, sino entre guerra con impunidad total y paz con algo justicia.

Por fortuna, las encuestas registran que Álvaro Uribe no logró sabotear la paz a punta de mentiras. Su popularidad viene en declive y su discurso de odio se ha debilitado para ceder frente a la racionalidad y las ansias de reconciliación. Los electores han procesado paulatinamente que la decisión que se tomará el próximo domingo no es un asunto de lealtades políticas personalistas, sino una oportunidad histórica para que el país salte de la violencia al desarrollo.

Si usted no ha decidido su voto, todavía está a tiempo de hacerlo en el sentido histórico correcto. Si no lo mueven fines altruistas, al menos vote ‘Sí’ con un móvil egoísta igual de legítimo: vote para ayudarse a usted mismo, para que disminuya la violencia y este país sea más próspero. Dese cuenta de que el ‘No’ en realidad es una campaña pro-Farc: es la campaña de quienes están luchando desesperadamente para que no se acaben y sigan matando.

José Fernando Flórez Ruiz
Abogado y politólogo
@florezjose

Lunes, 12 Septiembre 2016 10:16

Un voto ético

 

Rodrigo Uprimny,  tomado de El Espectador, 27 agosto 2016


La paradoja del plebiscito es que la decisión sobre nuestra guerra, que ha sido esencialmente rural, dependerá probablemente del voto urbano, que es mayoritario.
Esta inequidad nos impone a todos, pero especialmente a quienes vivimos en las ciudades, un deber ético en este plebiscito, que será nuestra decisión política más importante en mucho tiempo. Debemos esforzarnos por ir más allá de nuestros propios intereses, gustos y disgustos. Debemos esforzarnos por que nuestro voto no dependa de caprichos momentáneos o de odios arraigados, sino que responda a una visión global sobre las bondades y defectos del acuerdo para el país en su conjunto, y en especial para las poblaciones rurales, que son las que más sufrirían si la guerra persiste.

Nuestro voto tiene entonces que ser esencialmente ético, lo cual tiene múltiples implicaciones, pero, por limitaciones de espacio, me concentro en tres.

No podemos quedar atrapados en la polarización Santos-Uribe ni en el apoyo o rechazo al gobierno Santos, pues no estamos en un “plebisantos”. Un voto favorable en el plebiscito es la refrendación del acuerdo alcanzado por el Gobierno con las Farc, pero no implica un apoyo global a Santos, frente al cual uno puede tener profundas discrepancias.

No podemos tampoco quedar atrapados por nuestros sentimientos hacia las Farc. Uno puede ser muy crítico de las Farc, como es mi caso, y sin embargo votar favorablemente el plebiscito, pues este voto afirmativo no implica un respaldo a las Farc, sino un apoyo a este acuerdo de paz como una salida razonable a esta larga y cruenta guerra.

Y tenemos que ser conscientes de las dramáticas consecuencias del plebiscito: el triunfo del Sí no asegura la paz con las Farc, pero la hace altamente probable, pues la legitimidad democrática de la refrendación daría una cierta irreversibilidad al proceso. El triunfo del No puede no implicar el retorno de la guerra, pero es altamente probable que eso ocurra, pues no sólo el acuerdo alcanzado después de cuatro años de muy complejas negociaciones es difícilmente mejorable, sino que, además, el gobierno Santos y el liderazgo de las Farc perderían casi todo el espacio político para reanudar una negociación. La ruptura del proceso difícilmente podría evitarse.

Todo lo anterior tiene una consecuencia metodológica: el voto será sobre el conjunto del acuerdo, y es normal que así sea, pues un pacto de paz es una totalidad inescindible. Nuestro voto no puede entonces dejarse arrastrar por algún punto aislado del acuerdo que nos indigne o por otro que nos seduzca, sino que debemos esforzarnos por hacer una valoración global del acuerdo, pues de nuestra decisión dependerá el futuro del país y en especial aquel de las poblaciones rurales. La pregunta que debemos responder es entonces la siguiente: ¿es este acuerdo globalmente considerado suficientemente digno que decido apoyarlo, en nombre de una paz altamente probable? ¿O es el acuerdo globalmente considerado tan indigno e injusto que lo rechazo, a pesar de saber que será casi inevitable que retorne una guerra particularmente cruel con las poblaciones rurales?

* Investigador de De justicia y profesor de la Universidad Nacional.

Lunes, 05 Septiembre 2016 09:35

Editorial de la revista Arcadia: "Miedo"

Vencer el miedo es el primer paso para decidir por la esperanza del futuro de Colombia. Nos ha parecido importante compartir este editorial de la revista Arcadia para votar por el Sí en el plebiscito del 2 de octubre, para votar por el cambio y la transformación, para tomar la opción de aportar a la construcción de la paz.

El miedo es una poderosa herramienta de disuasión. Para desfallecer antes de tiempo, para renunciar ante la adversidad, para refugiarse en las pequeñas seguridades cotidianas y evitar, a toda costa, enfrentar la vida, entender su complejidad, convivir con otros a pesar de que no se esté de acuerdo con ellos y animarse a la aventura, para eso se usa el miedo.

Hay quienes lo utilizan en los días que corren para hacer propaganda, para satanizar el cambio, para argüir que la situación empeorará si hay acuerdos entre contendores, para vender la idea falsa de que somos incapaces como sociedad y es mejor seguir aferrados a la costumbre de una violencia prolongada e inútil. Y quienes así lo hacen no solo están empeñando su presente, sino que están fraguando la desgracia de sus predecesores. El miedo es un corruptor como ninguno: quien lo provoca deteriora las relaciones, los sentimientos, las situaciones, la integridad y el Yo. El miedo se expande como una enfermedad, según lo ha estudiado el filósofo español José Antonio Marina.

El miedo es una de las condiciones para que nada cambie. Para cernir mantos de duda ante lo desconocido. Para tachar de bárbaros a quienes no son como nosotros. Ha ocurrido así en la historia de los pueblos que se han armado contra invasiones imaginarias, aun a riesgo de promover la eliminación del otro para seguir adelante. Han dicho que esos otros son una amenaza contra la integridad de ese nosotros mayestático que también ha cometido errores graves y que se yergue como guardián del bien y la moral aunque haya ejercido la violencia y sea parte del conflicto.

No siempre las sociedades están preparadas para asumir el costo de vencer el miedo como el viejo magistrado de Esperando a los bárbaros, la novela del premio nobel sudafricano J.M. Coetzee, que aunque pierde la batalla de convencer a los guerreros de su poblado de desistir de atacar a las tribus bárbaras nómadas, señalándoles que siempre han estado allí y han sido parte del territorio. El falso heroísmo y el miedo se imponen, y el magistrado, que aboga por la reflexión, la discusión de las ideas, la lucha contra los prejuicios y el intento de comprensión de los argumentos, termina encarcelado mientras la guerra continúa y unos y otros caen en los campos.

“Creemos que esta tierra nos pertenece, es parte de nuestro Imperio: nuestro puesto fronterizo, nuestro pueblo, nuestro mercado. Pero esas gentes, esos bárbaros, no lo ven de la misma manera. Llevamos aquí más de cien años, hemos recuperado tierras del desierto y hemos construido regadíos y cultivado los campos y levantado hogares sólidos y erigido una muralla alrededor de nuestro pueblo, pero ellos todavía nos consideran visitantes, viajeros de paso. Entre ellos hay ancianos que recuerdan lo que sus padres les contaban de cómo era este oasis hace años: un lugar sombreado junto al lago con abundantes pastos incluso en invierno. Esto es todavía lo que dicen de él, quizá todavía lo vean así, como si no se hubiera removido un grano de tierra ni se hubiera colocado un ladrillo sobre otro. No dudan de que en cualquier momento cargaremos nuestras carretas y volveremos a cualquiera que sea el lugar de donde vinimos, que nuestras edificaciones se convertirán en hogares de ratones y lagartijas, que sus animales pastarán en los fértiles campos que cultivaremos. [...] Esto es lo que piensan. Que resistirán más que nosotros”, se lee en la novela.

¿No ha llegado la hora de vencer el miedo? ¿De atreverse a abandonar la zona de confort y actuar como sujetos sociales y pronunciarnos ante una guerra partidista que prefiere usar sus banderas e intereses sobre el bien común? Los ciudadanos debemos aprender a defender lo justo y lo valioso, a sobreponernos al temor, a entender que el verdadero sentido de la valentía no es otro que asumir el riesgo de cambiar nosotros mismos. Ejercer la valentía, como quería Sócrates, ante la adversidad presente y no sobre el peligro futuro, pues el valor es la ciencia de saber lo que se debe temer y lo que no se debe temer.

Durante estos meses se han divulgado decenas de tesis falsas, se ha buscado decir que de llegar a un consenso social les abriremos la puerta a los bárbaros para que acaben con lo poco que hemos construido. La pregunta que nos hacemos es si el miedo seguirá siendo un argumento válido, si seguiremos siendo el conejillo de Indias de una serie de pruebas que buscan el contagio emocional para debilitar nuestro espíritu crítico o la responsabilidad que nos atañe como habitantes de este territorio.

Tomado del editorial Revista Arcadia, 23 de agosto de 2016

Martes, 30 Agosto 2016 16:27

Reflexiones sobre el miedo a la paz

Daniel Pecaut, El Tiempo, 8 de junio de 2016

"El conflicto armado ha contribuido más bien a que se mantengan las estructuras sociales y políticas del país. Incluso, ha contribuido a aumentar la concentración de la propiedad agraria y ha agudizado la desigualdad de la distribución de los ingresos."

¿A qué atribuye el evidente escepticismo de una parte muy importante de los colombianos con el proceso de paz que se ha venido adelantando con las Farc en los últimos años?

La primera razón es la rabia de la inmensa mayoría de la población colombiana con las Farc, porque esta no ha reconocido su responsabilidad en muchos de los hechos más atroces que han sucedido en este país. Esta actitud conlleva un mayor resentimiento hacia las Farc que hacia los paramilitares, no importa la cantidad de sus crímenes, porque al menos algunos de estos últimos confesaron.